¿Diseñamos espacios o diseñamos likes?

Durante décadas, la arquitectura defendió una idea casi incuestionable: la forma sigue a la función. El espacio debía responder a cómo vivimos, cómo circulamos, cómo habitamos. La estética era consecuencia de una lógica estructural y programática.

La arquitectura moderna apostaba por la honestidad, la eficiencia y la claridad. No buscaba impresionar primero; buscaba funcionar. Y en esa coherencia encontraba su belleza.

La era del render y el algoritmo

Hoy el contexto es distinto. Vivimos en la era del render hiperrealista, de la imagen perfectamente encuadrada y del edificio convertido en contenido. Muchos proyectos parecen concebirse pensando en el ángulo icónico, en la fachada que se volverá viral, en el detalle que capturará la atención en segundos.

La arquitectura ya no solo se experimenta caminándola; se consume deslizándola con el dedo. Y eso inevitablemente influye en cómo se diseña.

Cuando la imagen pesa más que la experiencia

El problema no es la belleza. La arquitectura siempre ha buscado emocionar. El conflicto aparece cuando la imagen se vuelve prioridad sobre la experiencia real. Cuando la circulación es incómoda pero la fachada es “instagrameable”. Cuando el gesto formal absorbe el presupuesto y el interior pierde calidad espacial.

El impacto digital dura segundos. Habitar, en cambio, es cotidiano. Y la arquitectura, en esencia, es permanencia.

Más allá del feed

Tampoco se trata de rechazar la imagen. La emoción importa. La forma importa. Un edificio puede ser funcional y conmover. Puede ser eficiente y fotogénico al mismo tiempo.

Quizá la verdadera pregunta no es si diseñamos espacios o diseñamos likes.
Quizá la pregunta es si el espacio sigue siendo el protagonista.

Porque un edificio que solo funciona como contenido se agota en la pantalla.
Pero uno que funciona en la vida real trasciende cualquier algoritmo.

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